Bitácora de un viaje por la biografía escolar. Un espacio para desnaturalizar lo cotidiano, reflexionar sobre los modelos pedagógicos y pensar la educación como un derecho humano fundamental.
La Escena: El día que la Física se detuvo
Agosto de 2009. El último año del secundario se sentía como una cuenta regresiva. El timbre anunció el fin del recreo y la figura de la profesora Flores Mónica (aún recuerdo su nombre), la más estricta de la institución, ya custodiaba la puerta del aula. "Cinco minutos", era su regla de hierro; quien no cruzaba el umbral a tiempo, perdía la clase.
Ese día, el aula se sentía más fría que de costumbre. Yo, la alumna aplicada, la de las notas perfectas, la abanderada, cargaba con un duelo reciente: mi abuela paterna había fallecido el día anterior. El examen de Física estaba frente a mí, pero las ecuaciones eran jeroglíficos. Mi cabeza estaba bloqueada por la culpa de no haber estudiado y el dolor de la pérdida.
Pasaron los 45 minutos. Todos mis compañeros habían terminado, el aula se vació y quedé sola frente a las "X" que no lograba despejar. Los gestos de la profesora Flores —siempre seria y exigente— mutaron. Al notar mi angustia, se acercó. Mis lágrimas fueron la respuesta a su pregunta. Le conté sobre mi abuela. Entonces, ocurrió lo impensado: tomó mi hoja, suspendió mi examen para la semana siguiente y me ofreció un abrazo contenedor. La profesora "fría" había dejado paso a una docente que, por un momento, decidió no ver un examen, sino a una persona.
¿Qué tuvo que estar ya instituido para que un simple gesto de humanidad resultara tan sorprendente?